La pluma de Maât

Tiempo de Fallas

 

    No soy muy amante de las fiestas patronales en general, porque subyace en ellas un fondo nacionalista-religioso y atisbos racionales de lo que Arrabal denominaba “derechona”. Elogio sin embargo a las cofradías, asociaciones, comisiones, etc., por el esfuerzo que realizan para mantener viva una tradición, en la que intento ver, más que el  aferramiento a raigambres e inmovilismos, una reafirmación simbólica de su identidad y su cultura.

    En el caso de las Fallas de Valencia, admiro la cantidad y calidad de la fiesta, y sus vistosos y artísticos ofrecimientos aderezados siempre con pasodobles. Entre paganismo y piedad el protagonista es el fuego y el carácter valenciano que aspira atávicamente a reiniciar la vida cada año. Donde mejor puede sentirse el sentido de la celebración es en los barrios castizos, donde los vecinos se apropian de la calle y allí comen, bailan y se reúnen, en un tono indiviso que más lo quisiéramos para otros menesteres. Los niños son libres y juegan con petardos hasta altas horas y las personas de edad se sueltan los moños y comparten alegría casi de tú a tú con los adolescentes.

    Yo que soy bastante visceral y a menudo actúo por el sistema acción reacción, tengo motivos para detestar las Fallas, pero apelo a un subjetivo raciocinio entre mis contradicciones, para seguir apreciando una de las fiestas, por implicación ciudadana, más  importantes del mundo.

 

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