La pluma de Maât

El Gurna

 

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    En Egipto el saqueo de tumbas es tan antiguo como lo son las propias tumbas. Desde que los primeros reyes se hicieran enterrar con sus tesoros, surgen grupos organizados con suficiente audacia, como para desafiar las maldiciones de los dioses y los cruentos castigos terrenales. Imaginaros entonces más de 3.000 años construyendo mastabas, pirámides e hipogeos, para reyes, reinas, príncipes, familias reales, altos dignatarios, nobles y hasta en época tardía, ricos comerciantes. A medida que aumentaban los complejos funerarios, y se extendían a lo largo del Nilo, más difícil y costoso resultaba mantener su seguridad. Se aplicaron distintos sistemas para blindar las cámaras funerarias y escamotearlas a los ojos del profanador. Todo fue en vano. Los robos llegaron a tales grados de precisión, que se sospecha que en periodos de decadencia faraónica, pudieran haberse involucrado algunas administraciones antiguas y conocedores de sus secretos, los propios obreros de las tumbas. Acabado el tiempo de Maât, cuando Anubis dejó de mandar en el reino de los muertos y Horus en el de los vivos y nuevos dioses llegaron para usurpar el panteón egipcio, el saqueo se hizo sistemático.

    Las riquezas enterradas de los faraones, se han venido redistribuyendo de esta extraña manera hasta la era moderna y han dado de comer a miles de familias durante miles de años.  Luego Napoleón hizo que el mundo conociese Egipto y numerosos países europeos, fueron a coger “su” parte del botín y sin intermediarios.  Pero antes de perderme en apreciaciones sobre este pillaje museístico de los tiempos modernos, volveré a los márgenes del Sahara, para hablar de uno de los últimos reductos de los ladrones de tumbas: El Gurna. Allí vive el clan con más linaje. He de omitir su nombre por respeto, ya que ahora el gobierno les ha otorgado calidad de descubridores, honrosa amnistía a cambio de abandonar sus actividades y las casas donde viven. El pueblo se construyó sobre una ladera llena de hipogeos, y sacar objetos de valor para venderlos en el mercado negro, les era tan fácil como cavar un hoyo en el salón. Sabedores de su reputación, los últimos habitantes de El Gurna ofrecen al visitante con ritual secretismo, pequeños objetos de época faraónica que no tienen más de dos semanas de manufactura. Y es que se han hecho buenos artesanos, quizás los mejores y para turistas “pringaos” o de rapiña, a la ocasión, falsificadores.

 

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