La pluma de Maât

Gato por liebre

 

    Alejandro III de Macedonia, el Grande, o Alejandro Magno, (356-323 a.JC.), murió a la edad de 33 años tras haberse anexionado el imperio Persa en victoria sobre a Dario, además de conquistar Anatolia, Siria, Fenicia, Judea, Gaza, Egipto, Bactriana y Mesopotamia.  Fue un gran jefe militar, cuyas estrategias perduraron hasta nuestros días, inspirando a famosos generales. Sus proezas igualaron las del legendario Aquiles y hasta las del mismísimo Heracles, según los entusiastas de la época. Esto es un apunte para los aficionados a las hazañas bélicas y a la mitología. Pero lo mío es sacar punta y nada mejor para ello, que uno de los más grandes misterios arqueológicos: La tumba de Alejandro. Está bien documentado que se erigió un mausoleo en Alejandría, (Egipto), en el que se exhibió durante siglos su momia y fué venerado como un dios, por gente tan importante como el emperador Augusto o Caracalla. De igual modo se conoce con bastante precisión su emplazamiento. Pero he aquí que alrededor del año 390 d.JC., justo antes de la prescripción del paganismo por el emperador Teodosio, comienzan a alzarse voces en protesta del pagano cadáver, expuesto en medio de la ciudad. Pocos años después desaparece la momia y no se vuelve a oir hablar de ella. Por una extraña coincidencia, en la misma época, se documenta por fuentes fiables, la existencia de la tumba de San Marcos en Alejandría, que tras investigaciones recientes, se situaría en un lugar próximo a la de Alejandro, si no el mismo. Que esta “nueva” momia fuera la del apóstol es bastante improbable, pues se cuenta que sus restos fueron quemados después de sufrir martirio, hechos que se alían mal con la tradición, que supone un cuerpo intacto y bien conservado. El caso es que en el año 828, dos comerciantes venecianos, Tribunus y Rustico, robaron los restos  y los transportaron a Venecia, donde se construyó una basílica para albergar la importante reliquia.

    Las conclusiones son evidentes. Hay muchas probabilidades de que la momia de San Marcos sea en realidad la de Alejandro, máxime cuando acaba de aparecer mezclado entre los cimientos del templo, un bloque con relieves de una tumba macedonia, datada en el siglo II antes de Cristo. Quizás se trate de meras casualidades, pero sea como fuere, un simple análisis de los restos de San Marcos, bastaría para sacar a los científicos de dudas. Y ahí está la miga: la Iglesia no quiere.

Comentarios

Esto de recortar a los santos a trocitos reposa sobre el mito de Osiris, anterior al Egipto faraónico. Pero mientras Isis, la esposa del dios, se empeño en recuperar cada trocito del cadaver de su marido y pegarlos como un puzzle, envolviendolos en tiras de lienzo para que no vuelvan a despegarse (de ahí el rito de la momificación), y poder con un Osiris reconstruido engendrar un hijo (Horus), el cristianismo, prefirió repartirse los trocitos de cada hombre santo para atraer a los peregrinos.... y así se inventó el turismo! ¡Solo es un resumen!

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